Tres estrenos en un agosto del terror: el horror corporal de Together, la cuidada ejecución de La hora de la desaparición y la brutalidad emocional de Haz que regrese
Y sí, uno hubiese esperado que fuera en octubre, por su cercanía con Halloween, por lo menos. Pero aparentemente, el terror no tiene intención alguna de aflojar por ninguno de sus flancos en este 2025. Y ningún mes parece estar libre del género. Lo cual es una bendición bastante paradójica. No es solo que se pueda afirmar que la mejor película hollywoodense del año, Sinners, de Ryan Coogler, yace con firmeza en esos códigos y lenguaje, es que además, podemos usar los tres ejemplos de este mes, para ilustrar un momento específico del contexto del actual cine norteamericano: desde dónde se están parando los cineastas en el nuevo mundo en que les está tocando entregar su arte.
El terror siempre ha sido especialmente sensible a los cambios culturales. La clave de ello está en la necesidad de aferrarse a los miedos de una sociedad en su totalidad, y así tener una audiencia más amplia a la cual vender entradas, porque por mucho que las películas de terror sean baratas y generen excelentes márgenes de ganancia, la industria le dará cabida a aquello que mejor rente. Y quizás por esto mismo es que existe una muy apreciable cualidad en sus autores de la que se habla poco: el contrabando.
Desde los tiempos en que Godzilla salió a representar el horror nuclear o George Romero creó los zombies en plan de denuncia social, hasta que la clave del slasher como sub-género fuera reflejo de la cruzada moralizadora del EEUU de la era Reagan, el terror no deja de hablar del mundo que lo rodea, de formas tan afiladas como los cuchillos que brillan en su oscuridad. Y este siglo ha seguido en ese mismo plan. Revisiones culturales como The VVitch, Get Out, Grave o The Substance, que comienzan a romper la barrera que siempre limita al género, el reconocimiento del mainstream. Estos últimos años, para bien y para mal, esos contrabandistas temáticos, deben ser cada vez más precisos, porque la ola reaccionaria confunde cualquier tema con un sermón, y los cuidados para no incomodar ese espurio adagio de que “el cine está solo para entretener”, deben extremarse o arriesgar traspiés que bien pueden costar carreras. Aprovechemos tres apariciones en la cartelera de este mes para revisar ello.
Empecemos con el estreno de la semana: Together, de Michael Shanks. La historia de una pareja que se traslada de la ciudad a un pequeño pueblo cuando ella (Alison Brie) consigue empleo como profesora, dejándolo a él (Dave Franco), con muy pocas opciones de lanzarse en una esquiva carrera musical. ¿El giro aterrador? Hay cierta situación en el pueblo que empieza a llevar a la joven pareja a, literalmente, unir sus cuerpos a nivel físico. A convertirse en uno solo. Y no, no de manera agradable. Una película de terror corporal con un tema muy notorio: el miedo a la codependencia emocional. Y de manera bastante gráfica, por lo demás. Esta es una película con una declaración explícita, pero que carece del oficio, que no del talento, para estamparlo en pantalla. No es un problema de ejecución, es una obra que siempre tiene su objetivo claro, el problema es que un planteamiento temático así de nítido, no siempre resulta en una resolución igual de cristalina.
Together
Together termina más pareciendo un cuestionamiento al miedo al compromiso que comienzan a adolecer las nuevas generaciones, a celebrar la ganada libertad. Sin embargo, es una película que se agradece en el uso de sus códigos. Shanks probablemente sobreescribe su debut en largometrajes y eso hace que el cierre resulte errático. Pero en ningún momento aburre a su audiencia. Es una entrada bien pagada. Es una película de terror, que más allá de que todo no quede perfectamente amarrado, tiene muy buenas interpretaciones y nunca deja de entretener y aterrar de manera muy equilibrada. Y eso en estos días, logra que el nombre de Michael Shanks se quede como una nota a tomar en cuenta en el futuro. Más aún si es más decidido en sus temáticas.

La hora de la desaparición
La siguiente es una de las películas que más ha sido comentada en los últimos días, y para quien suscribe, por la razones erradas. Porque estamos hablando de si le gusta o no a mucha gente y no por qué está resultando tan celebrada. Y son las razones del porqué las interesantes. La hora de la Desaparición (Weapons), es la segunda película dirigida en solitario por el comediante reconvertido a director de terror, Zach Cregger.
Ya en su debut, Barbarian, quedó claro que Cregger tenía cierto gusto por recursos narrativos que buscaban desequilibrar a su audiencia. Algo que tal vez no debiera extrañarnos, porque la comedia maneja tanto o mejor la sorpresa y el misterio, que el terror. Y es algo que ahora lleva varios pasos más allá. La premisa es la siguiente: de un curso de 18 niños de primaria, desaparecen exactamente a la misma hora de la noche todos, menos uno. Evidentemente, la pequeña ciudad se ve acechada por la incertidumbre, el dolor de los padres, el desconcierto de la policía y la imposibilidad de la misma escuela para manejar una crisis de tal envergadura.
La profesora del curso (Julia Garner, quien nos viene deslumbrando desde The Americans) es apuntada con el dedo. Los padres se llenan de impaciencia, en especial uno interpretado por Josh Brolin. El director de la escuela (Benedict Wong) busca lidiar de la mejor manera con todas las aristas que le competen del caso. ¿El giro todavía más aterrador? No se puede comentar. Es una de esas películas que cuida demasiado bien sus revelaciones, no por un tema de spoilers, ni nada por el estilo. Si no porque el qué se descubre, va de la mano del cómo.

