La Ola, el nuevo musical de Sebastián Lelio: Crónica frenética de una derrota

Sí. Otra más. No deja de llamar la atención que ese tema se haya instalado tan firmemente en la cinematografía nacional de este 2025, en que películas tan distantes en forma, lo lleven en su núcleo. Mientras Denominación de Origen sirve como vehículo de revisión de la derrota del idealismo y su ingenua arrogancia por allá por el lejano constitucionalismo del 2022, en clave de documental y comedia, La Ola reflexiona sobre el devenir de la reciente revolución durante las tomas feministas de 2018, y lo hace en clave de musical, “ese género privilegiado del hemisferio norte”, en palabras de Sebastián Lelio, su director. Nadie podrá decir que Lelio no tomó un riesgo acá. Eso hay que darlo por hecho. Si eso es un mérito en sí mismo, se verá en el futuro. Pero es difícil.

Porque es difícil ver La Ola. Tanto como desmenuzar sus formas y fondo. Es un musical sobre un tema complejo. Un relato sobre el feminismo dirigido por un hombre. La historia de una derrota. Del costo de alzar la voz contra un abuso institucionalizado, versus el costo de guardar silencio. De la intersección entre género y clase. De la rabia y de los sacrificios necesarios para encender el crisol de la revolución, y de aquellos todavía más cruentos para apagarlo. Pero, por sobre todo, versa sobre qué le pasa a un cuerpo social cuando este se agota de intentar sanar. Tratar de abarcar todos esos temas es una propuesta demasiado ambiciosa. ¿Hacerlo en clave musical? Derechamente una locura. Y de esas bebe muchas veces el cine.

La Ola cuenta la historia de Julia (Daniela López) quien en el medio del fervor feminista de 2018, y enfrentada a los testimonios de demasiadas de sus compañeras, toma consciencia de haber sido abusada, más allá de que esa información no la tuviera internalizada. Ese proceso la lleva a convertirse primero en inspiración y luego en símbolo de una proceso de efervescencia que en la realidad se conoció como las tomas feministas. Es un lugar en el que nunca se siente realmente cómoda, y es justo ese punto de vista el que funciona como eje de la reflexión de Lelio.

El multipremiado director chileno es especialmente cauto, al borde de la timidez, de ser quien cuenta esta historia. Está tan consciente de que el cuestionamiento existirá, que lo aborda con la cabeza gacha, incluso poniendo el dilema en pantalla de forma explícita. Pero a la vez con ello, se torna el dueño de ese dilema. Son cuatro guionistas: el mismo Lelio, Josefina Fernández, Manuela Infante y Paloma Salas. En las canciones de la banda sonora están involucradas destacadas compositoras nacionales: Ana Tijoux, Camila Moreno, Javiera Parra. Lelio quiere decir que el proceso es colectivo y en clave femenina. Pero es justamente su mirada del proceso, una que es muy difícil que surgiera de otro lugar que no sea la interrogante al respecto el que forja todas las complejidades de la narración:

“Perdimos, ¿y ahora qué?”.

Sí, sepan disculpar el uso de la primera persona plural. Pero es precisamente desde dónde Lelio se yergue cuando toma el control de su película. La primera hora de La Ola es errática, siendo generoso. Lelio debe armar su mundo hasta considerarlo estéticamente lo suficientemente enriquecido para que cupiera en un musical. Y se toma demasiado tiempo en ello. Casi como pidiendo disculpas de manera constante. En esa primera hora, se puede sentir chirriar la extensión versus el desarrollo dramático, y no es un enfrentamiento en que la audiencia gane. Atiborrada de una trama timorata, que no se condice con lo atrevido de la propuesta. Es cuando Lelio suelta el lastre del argumento y toma el timón de la sensación, de la pulsión, de la experiencia clave en el musical, cuando la película realmente toma velocidad y se acrecienta.

Lo de Matthew Herbert en el otro aspecto de la banda sonora y las estupendas coreografías de Ryan Heffington, encienden una obra punzante y ponzoñosa que siempre mantiene una identidad nacional. “Esto no es el Me Too, esto es Latinoamérica”, y más específicamente, es Chile. Sus calles, su acento, su personalidad. Escenas que van convirtiéndose en un oscuro espejo y que, muy probablemente, dejarán a muy pocos conformes.

¿Se puede tomar La Ola como una crítica nada solapada al denominado feminismo burgués? Por supuesto. Hay una descripción especialmente venenosa (’Paz Cortés’ es un chiste exquisito) de quienes solo obtienen beneficios de pactar a nivel institucional, pero que no sacrifican mucho en el proceso. El sacrificio acá está encarnado en una protagonista que personalmente no ganará nada. Y mientras sus “compañeras” levantan sus palmas triunfantes firmando para la prensa, ella quedará como un símbolo roído y desechado con la misma velocidad del transporte público en el que debe moverse. Todos quedarán en sus privilegios previos, y ella solo pagará costos. Es el sacrificio humano al altar de un “progreso” que poco y nada moverá la aguja, porque quienes pueden moverla, están demasiado cómodos dónde están. Solo le quedará un pequeño grupo de amigas que irá y vendrá. Tamara Acosta, otra vez, desde un rol pequeño, entregando el discurso demoledor de un largometraje nacional.

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