Amores Materialistas (Materialists) no es una comedia romántica. Al menos no según la denominación cinematográfica que, a estas alturas, pareciera escrita en piedra. Personajes entrañables, la química entre ellos, el meet-cute, etc. Esos ingredientes no están en esta película, y si lo están, fueron ecualizados para ser otra cosa. Claro, sigue siendo la historia de una celestina profesional (Dakota Johnson) que no había encontrado al hombre perfecto (Pedro Pascal), del triángulo amoroso que le produce la reaparición de un ex (Chris Evans), y toda la vorágine laboral entrelazando el total. Pero no es una rom-com, por mucho que el marketing la hubiese promocionado como tal. Y acá es donde, como audiencias, reaccionamos airados, porque aquello que nos están vendiendo, no es lo que en realidad tenemos al frente.
Y quizás por eso, es una campaña de marketing magnífica. Porque su resultado instala a la perfección el tema que Celine Song quiere abordar en su segunda película: cómo hemos convertido al romance y a los enamorados en productos, sujetos a todas las etapas del proceso de venta. Porque eso es exactamente lo que hace su protagonista en su rol de casamentera. Vende el idilio. Ese elixir que puede contemplarse y comerciarse. Cómo podemos ser sujetos de “alto valor” en una relación, y cómo en el mundo de las citas, con y sin teléfono, todos nos convertimos en elementos transables.
Pero el amor no es eso. De hecho, no sabemos exactamente qué es el amor. Poetas, filósofos, científicos, todos a lo largo de la corta historia del amor romántico (siempre es bueno recordar que el concepto tiene poco más de 300 años), han tratado infructuosamente de definirlo. Y no hay una conclusión única al respecto. El amor es que te caiga un rayo. Y que tú seas el rayo que le cae a otra persona. Sin embargo, llegamos a un momento en que queremos dar señales específicas de cómo deseamos que sea el rayo que queremos que nos caiga. Marcamos casillas para ello. Pero, ¿cómo podemos encasillar precisamente aquello de lo cual queremos enamorarnos, si no podemos definir qué es? Y lo más importante, ¿Por qué?
Ese es el corazón de Amores Materialistas.
Que hemos construido muros alrededor de nuestros corazones. De nuestros sentimientos. De la forma de relacionarnos con el resto. Todo es una etiqueta. Si es un vínculo, una relación abierta, monógama, y, nos ilusionamos con, un diverso etc. Todo puede ser medido y puesto en un sistema algorítmico. O al menos, eso es lo que un sistema completo quiere hacernos creer. Porque al empezar a catalogar todos estos aspectos, también nos convertimos a nosotros mismos en objetos cuantificables. Y en ese proceso, en que nos volvemos algo valorable, calificable, al que se le puede deslizar para uno u otro lado en una pantalla, que se le pueden poner estrellas, puntuación, etc, es justamente dónde nos quieren: porque en ese lugar es donde estamos dispuestos a comprar. Desde rutinas de ejercicios a dietas, de maquillajes a cursos de superación personal. Membresías premium. Cirugías para tener un valor agregado, uno que podemos adquirir. Porque este es un juego de expectativas. Sentimos que nos merecemos a alguien “valioso”, porque nosotros mismos consideramos ser “valiosos”, pero en realidad ese valor es un estándar social creado para vender, porque nunca conseguiremos esa evaluación de nosotros mismos. Es una expectativa imposible de alcanzar. Song ataca directamente el hecho de que un sistema de mercado filtró hasta las formas de enamorarse.
“No sé si me gustas, o sólo me gustan los lugares donde me llevas”

