En un momento al inicio de Megalópolis, su protagonista detiene el tiempo mientras una demolición controlada derrumba construcciones en las cercanías. Es una escena que resume la película. Cargada de deficiencias y evidenciando desinterés por los detalles, refleja a un hombre atormentado, contemplando cómo el mundo se derriba a vista e impotencia de todos, y que con el poder en su mente captura un momento en esa decadencia, pero sin hacer nada por evitarla.
Es demasiado obvio que César (Adam Driver) es un personaje que encarna las inquietudes del director y quíntuple ganador del Oscar, Francis Ford Coppola. Su idea de instalar una utopía en una Nueva York retrofuturista llamada Nueva Roma, enfrentado a los poderes fácticos que solo desean preservar un status quo y obtener ganancias mientras la sociedad decae.
Las nuevas generaciones de líderes nacidas de los supuestos capitanes de las industrias y sustentadores de una república de mentira, remarcados en la bacanal de los flashes y el coliseo de la popularidad. Allí, navegando entre oportunistas aliados y rivales: el alcalde Cicero (Giancarlo Esposito), el banquero Crassus (Jon Voight), el artero Clodio (Shia LaBeouf); e intereses románticos, Nathalie Emmanuel, Aubrey Plaza; el protagonista trata de forzar el emprender rumbo hacia un espacio habitable en dónde los debates sean un intercambio de ideas que se tienen para avanzar como humanidad. Una prédica entregada desde una tribuna maldita.
Coppola es ese sermón en carne viva. Apostó patrimonio y prestigio en producir una utopía que pregona que el cine todavía significa algo. Que es un arte, no un producto. Un lugar en donde aún es posible que un arma pueda ser ocupada con intenciones nobles. Como fue el arte alguna vez, en los tiempos del bufón en la corte. Desde la retórica bellamente elaborada para inspirar a ser mejores. Los tiempos en que una fotografía de un corresponsal de guerra con encuadre perfecto, impulsaba profundamente a demandar la paz.
Pero ya nada de eso ocurre. Mank (2020) es un ensayo bastante nítido de cómo el cine en sus cualidades narrativas, terminó convirtiéndose en una arma afiladísima, pero ya había llegado a otras manos. Megalópolis, por su parte, viene a exponer una verdad algo difícil de aceptar: Que el cine se ha vuelto un arte incapaz de resonar. Y no tan sólo a nivel temático, que puede entenderse a propósito de la ola anti-intelectual y reaccionaria que no tolera que la reflexión de una película les aleccione o sermonee. Si no también a nivel narrativo.
En estos días, solo dos formas fílmicas quedan en las retinas: las que se convierten en memes, y las que uno puede grabarse emocionado mientras la ve en la sala u hogar. ¿Una secuencia perfectamente lograda en donde se narre de forma impecable? Mucho cigarrito para el meme, pero poca elaboración en la apreciación.

Coppola decide abordar todo eso, y le suma además una mirada desesperada a la decadencia del imperio americano. Es curioso que dos películas del 2024 revisaran ese aspecto con tanta fuerza, pero mientras Civil War de Alex Garland la enfrenta desde el más absoluto cinismo asumiendo que todo está perdido, Coppola se sube al cinematográfico caballo y entra a la conversación con rebenque en mano. Llega con una solución, incluso asumiendo los excesos de su querida nación: que los EEUU son un imperio, que tienen vicios y sus formas de hacer política son derechamente oligárquicas, y aún así, se puede cambiar todo y aspirar a crear una fábula con ello. Impresiona que el autor de Apocalypse Now esté en tan poca sintonía con las audiencias para increpar incluso más que interpelar.
Y es que puede que a su edad, sienta que no tiene el tiempo. Desde la vereda completamente opuesta, que a sus 85 años un director sea capaz de arrojar a la pantalla lo que es realmente una ídola del pop, qué es lo que en realidad está vendiendo y cuánto puede mutar su producto para seguir haciéndolo, habla de una lucidez que sobrepasa la falta de sutileza.

