Babygirl abre y cierra su historia con un orgasmo. En rigor, la película completa gira a su alrededor. Uno de esos orgasmos es artificial, otro es honesto y necesario, y otro tan anhelado como inesperado. Un thriller erótico para los adultos más en desuso en estos días: aquellos con la madurez suficiente para saber que no hay respuestas sencillas ni sirven los discursos ensayados para los recovecos, tan oscuros como luminosos, de las relaciones humanas.
Halina Reijn, prolífica actriz neerlandesa (sí, va a costar acostumbrarse al término) reconvertida a guionista y directora, explora por segunda vez en su corta filmografía el intrigante atractivo sexual de la dominación y sumisión. En su primer largometraje, Instinct (2019), la protagonista es una terapeuta que se ve seducida por un abusador sexual convicto. Reijn no dejó muy claro en esos personajes, sus historiales o motivaciones, pero sí puso como antecedente lo perturbadoramente atrayente del peligro mismo.
En Babygirl Deseo Prohibido (Babygirl, 2024), Romy (Nicole Kidman) es una ejecutiva de alto rango en una empresa que ella misma fundó. Una que se dedica a la automatización y está en plena expansión, lo que la demanda bastante laboralmente. Casada con Jacob (Antonio Banderas) tiene dos hijas con sus propios conflictos. Samuel (Harris Dickinson) es un joven ejecutivo en práctica que identifica rápidamente lo atractivo que le resulta a Romy y aprovecha de pedirla como mentora. De ahí en adelante, comienza un juego de seducción centrado en personajes que no saben bien cómo relacionarse con su propia búsqueda del placer.
Esta es una película que funcionaría muchísimo menos de no tener a dos intérpretes de tan amplio rango actoral como Kidman y Dickinson.
La primera en el atrevimiento de encarnar poder, placer, fantasía y vulnerabilidad con la misma intensidad; el segundo de servir a la autora como representación de todo un punto de vista. Una personalidad sin aplomo pero totalmente desinhibida, le vuelve magnético para Romy, y en otro punto, para Esme (Sophie Wilde), la ambiciosa asistente de su jefa.
Pero un thriller erótico no es sólo triángulos amorosos y exhibicionismo, de esos abundaron en los ‘90, y muy pocos trascendieron realmente. Para conseguirlo, se necesita que sus personajes sean misterio suficiente. Y a la vez, lo bastante cercanos para interesarnos por su destino. Y eso lo cumplen todos acá, porque están directamente al servicio de la historia.
El mayor mérito está en el trabajo de la guionista y directora. Los diálogos, los giros, el montaje, la forma de poner la cámara e hilar la obra. Sus protagonistas tienen caracteres inasibles. Personalidades y comportamientos a los que el espectador no puede acceder de manera directa. Muchas veces no podemos localizar de manera certera qué es exactamente lo que los mueve, pero en otro nivel, lo sabemos perfectamente.

Las actuaciones pueden ser brillantes, pero es el foco y el enfoque lo que las define. Quizás el mejor ejemplo es el del primer encuentro sexual entre los protagonistas. Reijn pone la cámara centrada en Nicole Kidman y con ligeros movimientos va desencajando la imagen y transmitiendo su estado de ánimo. La neerlandesa se concentra especialmente en quitar el piso a sus héroes, porque es lo que está haciendo con el tema de fondo.

