No es de interés para hacer una valoración de la película misma, es simplemente para verificar el terreno en el que estamos deambulando al llegar al cine. Entramos a ver a Angelina Jolie interpretar a María Callas en una biopic (película biográfica) a cargo de un director que ha conseguido que sus dos heroínas previas hayan sido nominadas al Oscar por sus actuaciones.
Y es que convengamos esto: esa es una de las razones por las que se hacen estas películas hoy en día. Porque le interesa al actor o actriz, o porque el estudio considera que el público iría a cantar las canciones de sus estrellas favoritas. Y es por eso, también, que las biografías de estrellas e iconos de la cultura pop han ido perdiendo cualidades creativas. Porque se han vuelto un producto. Están completamente industrializados. O son vehículos para que intérpretes se luzcan y vayan en búsqueda de una ansiada nominación, o son tristes concesiones de relaciones públicas de los mismos protagonistas reales o de sus herederos.
La trilogía de Pablo Larraín responde a lo primero: él está ahí para sus musas. No obstante el suyo ya es un trabajo depurado artísticamente. Pertenece a una conversación que acomoda a los creadores. Fotografía, música, diseño de vestuario, un ritmo identificable, un montaje que incluso corre riesgos. Un nombre con el que firmar ese biopic, que garantizará la entrada por la alfombra roja a la temporada de premios.
Larraín aborda a estos personajes más grandes que la vida en sus instantes clave. El brutal momento de viudez y pérdida de privacidad de Jacqueline Kennedy, el quiebre definitivo de la Princesa Diana con la realeza británica. La última semana de vida de María Callas.
Pero ninguna de estas historias puede ser considerada un retrato íntimo. Son episodios biográficos sobre íconos, no sobre aquellas mujeres. Son relatos sobre los personajes, no sobre las personas.
No es que las protagonistas de Pablo Larraín deban ser totalmente fieles a los sucesos y realistas en un cien por ciento. Esta no es una crónica periodística. Es una ficción. Basada en hechos y personas reales, sí, pero una ficción al fin y al cabo. El cine no tiene el deber de ser realista, debe ser verosímil. Y eso no puede negársele a la triada de Larraín. Cada una de esas películas es un mundo en sí mismo, creíbles en sí mismas. Pero, quizás, sí podamos cobrarle que tengan tantas coincidencias narrativas siendo sujetos tan distintos. Otra vez, solo como constatación de los hechos y no como calificación de ellos: todas en el privilegio, todas sufriendo el perder un aspecto de su status quo, todas en un momento decisivo de sus vidas siendo el eje absoluto de sus historias.

Pablo Larraín amplifica una fotografía de los personajes en vez de escudriñar a sus personas. Y con una cantidad de vicios formales que resultan susceptibles al reduccionismo. Que todas las protagonistas pasen por más de alguna secuencia en que se les contrasta sobre una amplia panorámica, para así establecer su soledad de manera visual, llega a ser agotador. Pero son los recursos que le han valido el reconocimiento crítico internacional. Y gracias a la cualidad de ir refinando a partir de ello, es que llegamos a “María Callas“, quizás el mejor resultado posible de esta escuela del biopic del más exitoso cineasta nacional.

