Cuenta la historia que la dupla Wachowski escribió “Assassins” para el legendario productor Joel Silver, y acto seguido, le ofrecerían una obra llamada “The Matrix”, que querían dirigir. Silver, no del todo convencido por el nivel de riesgo, les propone que ensayen con una película menor antes de llevar la propuesta a un estudio. El resultado sería el potentísimo neo-noir “Bound”.
El resto lo sabemos: “The Matrix”, una de esas películas cuya campaña fue tan sencilla como simplemente preguntar “¿Qué es la Matrix?”, sacudiría todo en su momento y vendría a cimentar un montón de aspectos hollywoodenses para el siglo XXI.
Esta semana cumple 25 años y WB anuncia una quinta parte, mientras un montón de gente recordó lo mucho que odiaron la cuarta entrega. Donde Lana Wachowski volvió a la pregunta original, y la respuesta fue un tanto más clara, pero incómoda: la Matrix sigue siendo una masa combustible que alimenta el sistema que la rige, básicamente, consumiendo algo que pueden intuir que es falso, pero prefieren ignorar.
La diferencia es que hace un cuarto de siglo, la Matrix era “el resto”, y ahora, sabemos que no. “Matrix: Resurrections” puede ser una película “inmirable” para muchos, pero el atrevimiento de exponer una radiografía de Hollywood desde la producción hasta la audiencia y la forma en que valorizamos las historias hoy, es algo que no es bueno negar.
¿Qué tiene que ver esto con “La Primera Profecía” (The First Omen)? Concédanme un párrafo más para explicarlo.
La década de los 70 es uno de los momentos más altos de Hollywood en general y del terror en particular, quizás incluso porque los géneros eran más difusos y la insistencia por parte de los autores para aspirar a contar historias, sin tener que marcar casillas en una categoría predeterminada, los llevaban a abordar temáticas diversas y las ejecuciones eran variadas. Las inspiraciones también.
“Halloween” aborda un terror urbano, mientras que “Texas Chainsaw Massacre” se expande en temas que pueden ir hasta el consumo indiscriminado de carne. “Carrie” explora el abuso parental (y escolar), “El Bebé de Rosemary” el marital, ambas con profunda raigambre en la fe cristiana. Ni hablar de “El Exorcista”. Y “La Profecía” de 1976, dirigida por Richard Donner, también bebía de ahí, con un guiño al horror nuclear que se avecinaba con la escalada de la Guerra Fría.
Películas que buscaban ser únicas, frescas, que su audiencia sintiera los temas expuestos con talento y atrevimiento. Y luego llegarían las secuelas, y cambiarían las audiencias…

Y este es justamente el problema con el que tiene que lidiar “La Primera Profecía”. No me malentiendan, las secuelas pueden ser estupendas películas, la misma década de los 70 lo demostró. Una obra que se construya en un universo que conocemos puede ser perfectamente una aspiración creativa tal como la que le dio origen, ahí están “Aliens” y “Alien 3” como ejemplo.
El problema es que en estos días hay que marcar ciertas casillas, porque así lo requiere la audiencia. Que, los números así lo dicen, quiere seguir consumiendo lo mismo, aunque sepa que es un regurgitado diseñado para mantenerla en éxtasis.
Los Joel Silver que corrían riesgos ya no existen en la práctica, los estudios hoy respaldan y esperan rentabilizar solo productos sí están en una marca reconocible por los espectadores, y que absorbieron en alguna fusión multimillonaria. “Prey”, “Creed”, “Halloween”, “Exorcist: Believers”, etc. Que un autor logre superar todo eso e instale una película que se pueda sostener y valorar por sí misma, es prácticamente un milagro. La debutante en la dirección, Arkasha Stevenson, no lo consigue totalmente. Pero hay ciertos aspectos que sí logran quedarse en las retinas lo suficiente para prestarles atención.
Hay muy buenas intenciones y un plan medianamente bien armado en “La Primera Profecía”: se instala algunos meses antes y empalma, con las referencias de rigor, con los hechos que ya conocemos de “La Profecía”. Todo presentado siguiendo la historia de Margaret, una joven novicia que llega a la convulsa Roma en 1971. Y aquí uno de los reconocimientos iniciales: el uso de la protagonista, Nell Tiger Free, aprovechando su capacidad de pasar de inocente a sexual o temible con un arrojo muy prometedor.
Los que la vieron en “Game of Thrones” y la reconocieron en “Too Old to Die Young” y “Servant” entenderán a la perfección esto. Lo mismo pasa con Sonia Braga, la madre superiora del convento en donde llega Margaret, que llena la pantalla en sus apariciones. Pero quienes van guiando la conspiración, hacen todo excesivamente predecible. Ralph Ineson (como el investigador padre Brennan) aporta un nivel de misterio, pero lo de Bill Nighy (como el Cardenal Lawrence), es una muy pobre decisión de casting.

