Voy a ser muy honesto y confesar que, de todas las cosas que pensé que podían regresar en este clima sociocultural en que nos encontramos, que un reality se tomara la conversación, estaba muy abajo en mi lista. Pero aquí estamos. Escuchando los comentarios de los compañeros de labores o viendo pasar hashtags, así que supongo que ningún ‘revival’ debe ser descartado a estas alturas.
¿Dónde me llevó toda esta contingencia? A recordar lo impresionantemente vigente que sigue estando, 25 años después, esa enorme obra llamada ‘The Truman Show‘. Es tan estimulante revisar una película tan consciente de su momento en la historia, y tan presiente a la vez. Al fin y al cabo, una corporación es la “dueña” de Truman. Usa su imagen, sus emociones, sentimientos, cotidianeidad, etc., como un producto a ser comercializado. La vida de Truman es un commoditie que le permite a esa corporación transarse en billones. Tal como cualquier red social hoy en día. Pero al menos Truman nunca dio clic en el “Acepto” en los “Términos y condiciones” de manera voluntaria.
Esto es algo que ocurre cuando uno retrocede en el tiempo y vuelve a visitar obras que tenían una mirada del mundo en su época. Puedes sintonizar con ellas gracias al beneficio del tiempo. Sobre todo cuando le pertenecen a cineastas que sustentan sus obras primariamente en una muy buena narración, y luego en sus temas. Ya sean contingentes o no. Y Peter Weir fue ese cineasta demasiadas veces. Y al recordar ese hecho, di el salto a otro asunto que llamó mi atención: estamos hablando de uno de los directores con mejor racha en los ’80: Gallipoli (1981), El año que vivimos en peligro (1982), Testigo en peligro (1985), La costa mosquito (1986), La sociedad de los poetas muertos (1989) y, así y todo, Weir no parece ser un nombre de menciones frecuentes en estos días, cuando los ’80 todavía mantienen su extensa sombra sobre nuestro consumo actual.
Y en esta parte es donde podría venir una queja sobre como el cine, que a estas alturas denominamos ‘clásico’, se pierde en la constante actualización de “contenido”. Responsabilizar a una audiencia que lo consume tan poco, que los streamings casi no tienen la necesidad de incorporarlo. Y sí, esa parte es cierta. Susan Sontag sostuvo en los ’90, que una de las claves de la baja en la calidad del cine hollywoodense, luego del expedito fin del ‘Nuevo Hollywood’, se debía a la muerte de la cinefilia. Al fin del amor por la forma de arte audiovisual que lo contiene. Se consume Cine. No necesariamente se aprecia.
Sin ir más lejos, el fenómeno de Barbenheimer es un buen ejemplo de ello. Cientos de miles de opiniones comienzan a circular por las redes, cada una más reduccionista que la anterior. Apenas se mide el contexto, o la misma ejecución de las obras. Esencialmente, nos llevamos nuestros propios cuentos a la butaca, y con ello impedimos ver qué nos van a contar en la pantalla, y en vez de salir de la sala dándole vueltas a la mirada del Mundo que acabamos de presenciar, salimos tratando de dar con el término más preciso para nuestros posteos. La clave está en dar una cuña brutal que atraiga la atención, porque en el fondo, bueno, somos unos Trumans voluntarios.
Pero incluso así, las películas son un éxito comercial y ya tienen medianamente asegurado un lugar en el reparto anual de estatuillas. Además, y para mi personal deleite, ha sacado las voces de una vieja guardia de autores que ven todo esto con ilusión. Las loas de Oliver Stone o Francis Ford Coppola son una cosa, pero lo de Paul Schrader creo que merece prestársele particular atención:
Schrader, reconocido hoy como el guionista de Taxi driver y director de Hardcore o ese contundente discurso llamado First reformed comenzó como crítico. Y uno importante. Su texto sobre el Film Noir validó el término en USA, luego de que los franceses habían insistido en la definición por décadas. Y nunca ha abandonado esa veta realmente. Su facebook es un gozo, más allá de discrepar o estar de acuerdo con él. Hace algunos años, Schrader dijo que el problema no era que la calidad de los cineastas actuales fuera más baja que en los ’70. Era que la audiencia no estaba dispuesta a las conversaciones que hicieron grande a ese Cine. Quizás es la sociedad donde vivimos, que hace que busquemos el Cine como una evasión de la realidad. Queremos ir a una sala, entretenernos, distraernos, olvidarnos de los aciagos día a día por poco más de dos horas y nada más.

