“El brutalista”, la película que podría darle el segundo Oscar a Adrien Brody: Una obra monumental

El arte y el dinero y el poder. El poder de los artistas. Los mitos fundacionales de las naciones. El trauma y la violencia en la forja cultural. El orgullo de clase. El desprecio de otra. El sueño americano. La pesadilla americana. La inmigración de aquellos sin hogar. La ambición desmedida. La avaricia. La trascendencia. El brutalista (The brutalist, 2024) es una obra monumental. En la definición más pura del valor en su estructura. En forma y fondo. En sus decisiones estéticas y su profundidad temática.

Una película de otra era, en las manos de un director cuyo atrevimiento es avalado en prácticamente toda su extensión. La de Brady Corbet es la obra de un cineasta que ha encontrado un punto de vista y una historia que contar y ha decidido zambullirse en ella hasta ir decantándose a su estado más puro. Todo está en la cámara. La hace aún más grande que el relato de un arquitecto que sobrevive al Holocausto y conoce a un millonario que le encargará un edificio.

La imagen de László Tóth -un brillante Adrien Brody-, seguido por la cámara saliendo del barco y llegando a la Isla Ellis mientras escuchamos a su esposa Erzsébet, una totalmente electrizante Felicity Jones, es un ejemplo de la claridad narrativa de El brutalista. Es un ejercicio que establece tono e intención.

La fotografía, el montaje, la música. Uno desde la butaca sabe desde los primeros minutos en dónde está entrando. Partiendo de la oscuridad del encierro y el horror, sólo queda ascender y ascender, y la imagen invertida es la esperanza de un mundo nuevo. Arquitectónica re-hecha cinematográfica y viceversa. Estas formas en la edición, en los ángulos de la tomas, los enfoques, se verán lo suficiente en la película para asumir que quien está detrás de la cámara sabe cómo contar una historia. Pero lo que destila de ello es todavía más impresionante. Es el qué.

¿Qué forja a una nación? ¿Qué define a un pueblo? ¿Qué concreta una cultura?

No es la primera vez que Corbet aborda esto, que son las preguntas más hondas de El brutalista. De hecho, como muy pocos otros cineasta en esta generación, este es un autor con un tema enquistado. El trauma y la violencia como mito fundacional. En la tan inquietante como fallida La infancia de un líder (The childhood of a leader, 2015) su debut tras las cámaras, apuntaba a desmenuzar, que no excusar, el surgimiento de un caudillo totalitario. Y en la muy fallida El precio de la fama (Vox lux, 2018) intenta explorar el cambio de siglo a nivel cultural. En ambas es la sangre y el fuego, tanto figurativos como reales, los que terminan definiendo a la sociedad.

Acá toma los albores de la segunda mitad del siglo XX norteamericano, la jactancia de “la mejor generación”, de “los capitanes de la industria” y otra serie de conceptos que los EEUU alimentaron en su cultura popular hasta convertirlos en cimientos. Los ‘reels’ sobre el Estado de Pensilvania que Corbet ocupa de fondo, establecen la tan fina línea entre propaganda y publicidad con la que los medios masivos impregnaron esas décadas. Porque aquella generación conoció la guerra. Y esos capitanes nunca lideraron más que su propia avaricia. Un país forjado en el orgullo sin clase. Pero esta no es la historia de una sola nación. Es la historia de dos.

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