Nos guste o no, Superman es el evento hollywoodense de lo que va del año. Es verano en EEUU, y sus estrenos dominan la cartelera, la taquilla y la conversación. Por mucho que se hable del agotamiento del cine de superhéroes, lo cierto es que todavía quedan muchas capas que colgar y mucho dinero que invertir en superproducciones y marketing, a la espera de ganancias millonarias. Y este también es un hecho a estas alturas, son sólo un puñado de películas en el ya definido como un género en este siglo, que en realidad exceden los límites de su propio material y se convierten en obras mayores.
Bueno, la Superman de James Gunn no es una de ellas. No es Batman: El caballero de la noche (The Dark Knight), Logan o Spider-Man: Un nuevo universo (Into the Spider-verse). No empuja la narrativa, no supera las fronteras de sus propios fundamentos originales ni nada por el estilo. Es un ejercicio completamente distinto. Uno que no se había hecho antes:
Es una película de Superman. En toda su dimensión.

Lo primero que van a pensar es que hay muchas películas con Superman. Y es cierto, el esfuerzo inicial en la pantalla grande data de 1978, y no solo es recordada y reverenciada, sino que además, ayudó a construir la mitología del personaje cuando sólo estaba en la medianía de su edad. Pero han pasado más de cuatro décadas y cada iteración posterior en el cine ha tenido sus propios problemas para despegar. No así en televisión, en donde más ha mantenido su popularidad con las nuevas generaciones. Pero son las butacas las que no se llenan, y las miradas que intentan adaptarlo a este nuevo siglo las que no terminan por hacerle sentido ni a los aficionados ni a especialistas. O quizás es que Superman está anticuado y el mundo demasiado cínico para él. Una lectura que el canoso cineasta no estuvo dispuesto a aceptar.
Cuando a James Gunn le fueron entregadas las llaves del reino del Universo DC, el objetivo era uno sólo. Tenía una película sobre la mesa y debía ampliarla lo más posible para recuperar una marca que, desde el éxito de Christopher Nolan a cargo del murciélago, sólo había tenido erráticos destellos. El Joker de Todd Phillips triunfó en taquilla y preseas, Aquaman de James Wan es la única otra cercana en recaudación. Para el director detrás de las Guardianes de la Galaxia, el desafío era muchísimo mayor que simplemente llevar al último hijo de Krypton de vuelta a las proyecciones, tenía que hacer que a la gente que va al cine, le volviera a interesar Superman, y todo el resto de su universo. Esta es la razón más pura de la existencia de esta película. Es una marca, y debe volverse rentable.
Y Gunn se tomó en serio hacer al Hombre del Mañana. Más en serio de lo que se lo había tomado nadie en todo este tiempo. No es que Bryan Singer no quisiera hacer Superman, es que quería continuar la obra de Donner. No es que Zack Snyder no quisiera hacer Superman, es que quiso dar una firme mirada de por qué el personaje no sería aceptado por la sociedad hoy, y en ese camino, extravió al personaje. James Gunn renunció a una visión más personal en su película, en aras de poner el material base en pantalla. Un pecado y una virtud al mismo tiempo. Lo primero porque le restó a sus habilidades como narrador cinematográfico, y lo segundo porque por fin hemos visto al kryptoniano criado en el Kansas de los cómics, de la forma más pura posible. Este es el Superman de las viñetas sin un ápice de vergüenza por serlo. Es el reportero con menor talento que su interés amoroso, es el héroe bondadoso que cree en la humanidad.
Nadie puede culpar a esta Superman de no ser honesta. No hay motivos ulteriores en ella, todo está en la pantalla. Cada tema, cada intención. Narrativa e industrialmente. Gunn decidió llevar al Superman cargado de globos de texto y la ropa interior por fuera y cumplir con el largo listado de exigencias necesarias para lanzar una franquicia completa. Armó y desarmó tanto el esquema, que la cohesión y el desarrollo de personajes queda al debe, en aras de instalar la historia necesaria para aquel relanzamiento.
Y no, no la historia de la película propiamente tal. Aunque algunas de las debilidades acá pasan por la trama. Que no puede ser más sencilla, directa y salida de páginas de dibujos coloridos. Un malvado villano intenta destruir al héroe. El héroe, con entereza y la ayuda de sus amigos, intentará desbaratar sus planes. Y quizás por eso mismo, uno esperaría que los escasos recovecos de la historia permitieran un poco más de desarrollo de los personajes.
Pero no parece haber sido una persecución tampoco. Quizás porque la sobrecarga de ellos no es menor: Es el Daily Planet casi al completo, Pa y Ma Kent, la Justice Gang, Lex Luthor y su equipo. Cada uno requiere al menos un momento de atención y para ello, quizás se debió dar un poco más de holgura. Uno debe concentrarse en pequeños detalles y digerirlos para que tengan sentido. Y eso es muy reprochable teniendo un reparto talentosísimo y con un nivel de compromiso por los personajes que deben construir, como pocas veces se logra en estos cometidos. Especialmente Nicholas Hoult quien ve sobreexpuesto un personaje que ya tenía todos sus tics bien ganados. Este es uno de los escollos más molestos en Superman: el nivel de sobreexposición. Lo de “mostrar, no decir” no tiene mucha cabida acá.


