Hay un momento en “La Fuente”, tercer largometraje del guionista y director Daniel Vivanco, en que Luca (Luis Gnecco) sale de su local esgrimiendo un bokken para enfrentarse a los manifestantes encapuchados en las afueras. Es una escena clave para poner de manifiesto los límites borrosos del momento, y a lo que el protagonista de esta historia está dispuesto a llegar.
Y, sin embargo, no pude evitar recordar una interacción aparecida en un cómic fundamental de la era Vertigo, “Los Libros de la Magia”:
-¿Estás seguro de que eres uno de los buenos? – pregunta con sorna el niño al mago.
-No existe eso de “los buenos y los malos” – sentencia el mago.- Solo estamos nosotros, la gente, haciendo lo que mejor podamos para seguir adelante.
Esta secuencia puede haberse quedado grabada por dos razones. La primera es evidentemente moral: no somos inherentemente “buenos” o “malos”. No es un derecho ganado o entregado. Citando otra película de este año: “Son nuestras acciones las que nos definen”. Y la segunda es derechamente de apreciación narrativa: porque este es uno de los conceptos claves en que se basa la tridimensionalidad y el atractivo de los personajes.
“La Fuente” es la historia de Luca, uno de los dueños de una fuente de soda en el epicentro de los enfrentamientos posteriores al estallido social y a la pausa obligatoria de la pandemia. Luca se niega a dejar el local y llevarse el negocio a otro lugar, a vender, o a cerrar. Se rehúsa a que aquellos que han escogido la violencia, triunfen sobre la tradición heredada.
Esta violencia tampoco es anónima, tiene como representante a uno de los maquinadores de la protesta, Mirko (Roberto Farías), quien será el enemigo declarado de Luca, y nos entregará en diálogos las razones de todo lo ocurrido.
Vamos a dejar de lado la evidente carga ideológica y contingente de “La Fuente”, principalmente porque tampoco es nada del otro mundo. El cine tiene carga sociocultural y política como cualquier arte, le es inevitable. Existe cine conservador, progresista, liberal, etc., desde que el cine existe como tal. Incluso cuando es supuestamente “puro entretenimiento”, también tiene una carga política, porque le sirve a la evasión y a la preservación del status quo.
Eso siempre ha sido así, y es un despropósito hacer un juicio de valor al respecto, más allá de estar consciente de que está ahí y dice algo. De hecho, la mayoría del cine de la corriente reaccionaria, que es este caso, suele plegarse a la construcción de esos personajes infalibles que se enfrentan contra el mal que el sistema no es capaz de atender. Desde los tiempos de Harry Callahan en adelante. Así, el que esta película tenga como fondo temático que un hombre “bueno” se enfrenta a todos los “malos”, no es reprochable en sí mismo. Es un punto de vista tan válido como cualquier otro. El problema es el cómo se construye a ese héroe.
Acá lo que pesa es la distancia y la superioridad moral, concepto que, para sorpresa de nadie, no es exclusivo de un solo sector. Debido a que Vivanco lo que hace es relatar el partido con el diario del lunes. Y con el enfoque editorial de ese diario, más encima. Porque la narrativa sobre el estallido social es esta de ahora en adelante. Fue un error. Fue una locura inexplicable. Fue una pesadilla febril. Fue instigado por los destructores del Estado de derecho. Fue el acto organizado de gente que no tenía nada, entonces decidió quemarlo todo, etc.

