La primera advertencia que se debe hacer con respecto a El Tiempo que Tenemos (We Live in Time, 2024), es que la película dirigida por John Crowley no es la bomba lacrimógena detonada en una sala cerrada que pareciera ser en sus promociones. Se entiende ya a estas alturas que hay una tradición muy extensa de obras como Todo por Amor (Dying Young, 1991) o Yo Antes de Ti (Me Before You, 2016) que coinciden en una relación que está condenada a la pérdida desde el minuto uno, y por ello demandan que los espectadores estén preparados para las lágrimas. Pero no es el caso. Y es muy probable que por eso, muchos consideren este como un relato que no está a las alturas de quedarse grabado en sus corazones. Porque el resultado no es uno que agotará los pañuelos desechables llevados especialmente para la ocasión.
Pero si se le da la oportunidad, puede ser mucho más que eso.
El Tiempo que Tenemos es la historia de Almut (Florence Pugh) y Tobias (Andrew Garfield). Una pareja de comedia romántica en todos sus niveles, algunos de ellos bastante predecibles, si quieren enjuiciarlos así. Hay un meet-cute, momentos de comedia muy británicos y un bien exquisito y tradicional etc. de encuentros y momentos encantadores. Pero siguiendo el edicto del drama, el idilio quedará a la sombra de una tragedia, porque Almut padece un cáncer terminal.
Pero esa es solo la trama, y si hay una cosa que le debiéramos respetar a los británicos es que las historias más repetidas, pueden tener otro giro en sus manos. Y creo que tanto Crowley en la dirección, como Nick Payne en el guión, entregan justamente eso. Desde la forma en que la narración está estructurada, hasta cómo subvierte la expectativa de su propio argumento. El Tiempo que Tenemos está relatada de forma no lineal, con saltos temporales que guardan el respeto hacia su audiencia al no ser explicitados, y cuyo dinamismo demanda atención.
Esa salida de la zona de confort del género, ha demostrado darles nuevos aires, y se agradece a montones. Y se amplifica al entregar una dimensión más allá de la propia fatalidad a los personajes, un peso específico que si bien puede no resultar lo esperado, les dota de mucha humanidad. La falibilidad de los protagonistas es uno de los aspectos más memorables de esta película. Son personas enfrentadas a la vida, a la muerte y al amor. Que cometen errores, que dicen aquello que no debían, que cambian de opinión, que sienten y resienten, que siguen adelante. Y probablemente no destacaría tanto de no ser que las interpretaciones están en cotas tan altas, especialmente la de Florence Pugh, quien más rango debe abarcar. Desde un parto hasta una quimioterapia, en el apartado más vistoso, pero dónde arma mejor a su Almut es en lo emocional.
En su lucha interna por ser algo más que una moribunda. Un personaje cuyos pasos en falso fueron convertidos en nuevos caminos, hasta que ya no quedaron más para recorrer. Andrew Garfield tiene una tarea un tanto más ingrata, porque le toca construir a un personaje práctico y a veces demasiado sobrio, al borde de lo concreto. Y que lidia con el duelo de forma mucho menos llamativa. Y en eso se logra entrelazar con la misma película, que también se enfrasca en eso.
Muy probablemente porque decide huir de los clichés en los que debiera encasillarse, es que están ausentes los grandes gestos y los diálogos para el “clip del Oscar”. Incluso la, muy cuestionada hoy en día, “lucha contra el cáncer”. No hay lecciones sobre la forma correcta de enfrentar la muerte en esta historia. Hay reflexiones sobre cómo vivimos hasta que llega.

“We Live in Time” es un texto que me ha estado acechando desde que vi esta película. ¿Qué es “vivir en el tiempo”? Y he llegado a pensar que cualquier revisión de esta película bien puede sostenerse en esa pregunta. Ninguno de los personajes tiene un monólogo sobre esto. No hay un sabio entregando verdades en un momento emotivo mientras el tema musical de fondo va subiendo de volumen (Acotación al margen: hay que empezar a prestar atención a Bryce Dessner).

