Sean Baker es único en su especie. Al menos en Hollywood. Esto, por su combinación de cineasta de tintes en extremo naturalistas, y una perspectiva de clase como prácticamente nadie en su país siquiera lo intenta. El neoyorkino se ha empecinado en contar historias sobre una sociedad fracturada. Y de la gente atrapada en ella. Y para conseguirlo, la mayoría de sus protagonistas vienen del mundo más callejero posible. No es la primera vez que Baker usa trabajadores sexuales para hablar de los sueños rotos de nuestro entorno moderno, casi toda su filmografía trata de ello: Starlet, Tangerine y Red rocket las más evidentes. Y si ya en El Proyecto Florida (The Florida Project, 2017) miraba los castillos de fábula como el escenario de fondo, en Anora ha decidido ir de frente y trenzarse a golpes frenéticos con una narrativa a la que claramente le guardaba rencores.
Anora es el cuento de Ani (Mikey Madison), una cenicienta / bailarina exótica / prostituta que conoce, en una noche de trabajo en el club, a su príncipe encantador. Y tal como en el cuento, es “rescatada” por este jovenzuelo oligarca ruso para prestar sus servicios en exclusiva primero, y luego un desenlace más cercano al “y vivieron felices para siempre”.
Pero sabemos que no. Por mucho que seamos asiduos consumidores de este tipo de relatos, sabemos que el cuento de hadas siempre fue una farsa. Lo que hace Baker, sin embargo, es hacernos mirar hacia otros lugares que no solemos relacionar con este tipo de historias. Al sistema completo. Al sueño americano (¿occidental ya en estos días?). La idea de que el azar nos ponga finalmente en ese lugar de abundancia que nos fue negado, no es exclusivo de esas fábulas infantiles.
El azar o el trabajo duro, ambos hijos de la misma Dama Fortuna. No por nada Sean Baker recurre tanto al trabajo sexual para centrar sus historias. Ese golpe de suerte, ese avatar del destino. Ese sacrificio hasta del cuerpo para conseguirlo. Esa declaración es la que acecha en Anora. Y quizás en toda la filmografía de Baker. Que si arrojamos un poco de luz sobre todas esas premisas en las que basamos nuestra fe en el entramado social, veremos el por qué existen este tipo de relatos. Esta historia, en este mundo, no va a terminar bien.
Y llegado este momento en la película, luego de haber mantenido un cierto tono narrativo, uno con luces y cuotas de humor, con excesos juveniles y opulencia, con cierta calidez al borde de la esperanza, es que Sean Baker decide arrojar las formas por la ventana. Casi poseído por los Hermanos Safdie, se lanza a ese lugar que sabíamos que llegaríamos en algún punto, pero de forma tan hilarante como enervante. Esta es de esas películas en que se requieren descansos cada cierto metraje.
Lo de Mikey Madison no es de extrañar, ya en Better things ha mostrado de lo que es capaz, pero lo del viejo “compañero en el crimen” de Baker, Karren Karagulian interpretando a Toros, es simplemente tan estresante para los personajes como para la audiencia. Mucho se va a hablar de los cambios de ritmo y tono. Tanto como un merecido elogio, como para tratar de bajarle el perfil. No se extrañen de los “no es tan buena como dicen”, es un sino de la apreciación cinematográfica en estos días. Porque definitivamente es un error pedirle consistencia a un descalabro. Esta no es una demolición controlada, este es un derrumbe. Exigirle estabilidad tonal, es un absoluto despropósito. Debe desarmarse tal y como esos cuentos que (ni siquiera tan) en el fondo sabemos de su irrealidad.

