“Es una película. Es una película”. Este es uno de los últimos diálogos de Denominación de origen. Lo dice el propio director Tomás Alzamora mientras revisa imágenes en su cámara. Es una celebración de la culminación de un trabajo, y a la vez, una de las mejores definiciones de lo que el espectador acaba de ver.
Porque Denominación de Origen es una película en toda su dimensión. Una película muy, muy chilena. Entiendo que esto pudiera parecer una celebración un tanto chauvinista a algo que no es poco frecuente. Tenemos películas chilenas casi mensualmente. No es una cualidad única ser una obra nacional. No es sinónimo de calidad o de atractivo. Ni siquiera es tan extraño que un documental chileno acapare la atención de la crítica y público en festivales especializados.
Chile tiene una hilera de documentalistas destacados. Tampoco tiene nada de nuevo que gente de las regiones de Chile cree arte con un enorme esfuerzo y artesanía. Sin ir más lejos, Equeco es la misma productora detrás de Historia y Geografía (disponible en MUBI) que también es dirigida por un autor oriundo de San Felipe.
Entonces, ¿qué hace tan sobresaliente y profundamente nacional a una película sobre longanizas y rivalidades entre comunas? Dos elementos clave, y ambos méritos de su autor: la elección del lenguaje a utilizar, el registro documental; y el género que decide usar como abrelatas a un atributo temático mucho más amargo: la comedia.
La comedia como género tiene una cualidad popular. Tenemos una inclinación natural a pasar un buen rato riéndonos. Pero no es nada sencillo conseguir hacer buen uso de ella. No por nada es uno de los géneros que más cuesta hacer funcionar en el audiovisual. Y lo es mucho más cuando un autor está intentando entregar algo más que sólo entretención a través de una de las emociones más básicas de cualquier sociedad, y dejar algo cuando ya nos fuimos de la sala a recomendar la obra.
Denominación de Origen tiene la capacidad para conectar a lo más profundo de nuestro país, porque es justamente aquello de lo que nos podemos reír. Es algo inherente a nuestra idiosincrasia. Lo mucho que nos reímos de nosotros mismos. Tenemos la capacidad para crear memes y caricaturas de terremotos e inundaciones en tiempo récord y vivimos al borde de la crueldad en nuestro humor negro. Minimizamos nuestras virtudes y hacemos escarnio de nuestras desgracias. Pero muy rara vez hacemos sin atender al baño de realidad. Sabemos que está ahí, pero usamos las carcajadas para ocultar el día a día.
Y ese es uno de los mayores riesgos que toma Alzamora: usar los códigos del documental para narrar su historia. Contarla de la forma más real posible. Y también es el mayor éxito al momento de permear su reflexión.

