No existen los “robos” en los Premios Oscar. Siempre decimos que sí, es parte del espectáculo también, de una noche de papeletas y aficiones. Y lo decimos porque queremos que gane alguien que creemos merece más la estatuilla. Pero lo cierto es que el sistema de votaciones sectoriales deja un grupo de nominados demasiado cerrado para hablar de robos. Si los actores y actrices de la Academia eligen sólo cinco intérpretes en cada categoría, entonces que cualquiera de ellos se distancie mínimamente de los demás, mal podría ser considerado un “robo”.
Excepto la noche del 27 de febrero de 1999, cuando Fernanda Montenegro perdió ante Gwyneth Paltrow, ese año con Shakespeare enamorado. Ese fue “un robo”.
Montenegro fue nominada a mejor actriz, por su rol en la película “Estación Central”, una actuación completa, total y absolutamente extraordinaria. Un rol construido a golpe de trazos finos, detalles y sutilezas que van marcando el camino a una película que retrató la enormidad de su nación, sus problemas, sus virtudes y por sobre todo, como una gota constante de esperanza, cala hasta el corazón más endurecido. Estación central, de Walter Salles, fue también el último filme brasileño en ser nominado al Oscar a en la categoría de Mejor Película de Habla no Inglesa.
Tuvieron que pasar 26 años para que Brasil volviera a instalar uno de sus largometrajes en ‘Mejor Película Internacional’. Y ahora consiguiendo un logro todavía mayor: una nominación a Mejor Película, primera para el país. Otra vez con Walter Salles detrás de la cámara, y otra vez una Fernanda consigue quedarse entre las cinco mejores interpretaciones femeninas del año. Esta vez Fernanda Torres, hija de Fernanda Montenegro. Uno de los tantos aspectos de una obra que retrata la voluntad férrea de supervivencia y el legado que un sub-continente entero se empecina a que no caiga en el olvido.
“Aún estoy aquí” (Ainda Estou Aqui, 2024) es la historia de Eunice Paiva. Es la historia de Brasil. Es la historia de toda Latinoamérica. Una que vimos, vivimos y compartimos. Una que demasiados dicen que no vale la pena ser contada. Sobre criminales que se escondieron tras un uniforme, en un mito de bienestar económico, en las armas y la violencia. De torturadores y asesinos.
Y es también una que Salles se resiste abiertamente a contar. Sus elementos reconocibles están. Sabemos de ellos. Hombres que llegaban a una casa y se llevaban a un esposo, a un padre o a un amigo, en este caso, el ex-diputado y disidente Rubens Paiva (Selton Mello). Atisbamos las detenciones en lugares ocultos, los arrestos y las ilegalidades. Pero son solo vistazos. El cineasta no quiere estampar la crónica de los criminales. Y tampoco de las víctimas. Es sobre algo más grande y más potente: aquella fortaleza que hace incluso más que sobrevivir.
La misma vieja historia deja de ser la misma cuando la cuenta alguien más. Cuando es otra la perspectiva. Otra dimensión. Y esta es la de Eunice Paiva. Encarnada por una Fernanda Torres simplemente soberbia. Una esposa, una madre. Que resistió el embate del horror. Que marcó los días en las paredes de un calabozo. Que escuchó cantar a alguien que “la samba agoniza, mas no muere”, antes de que un culatazo le acallara. Que cuando salió de la prisión buscó a su marido y cuando se dió cuenta que no volvería, tomó a sus 5 hijos y frente en alto partió de vuelta a la universidad. De los discos que escuchaban, de los registros y las fotografías de la familia. De esa casa llena que fue su hogar. De la playa que les bañó. De los amigos y los que ya no lo fueron. Y por sobre todo, una mirada a la entereza.

