Queer”, un film basado en el libro homónimo de William Burroughs: “Completamente solos es como estamos”

Vamos a instalar tres elementos en la mesa de esta conversación, para tratar de aproximarnos al nuevo estreno del italiano Luca Guadagnino:

El primero es que esta película está basada en la novela homónima de Burroughs que se titula Queer, cuya traducción más precisa sería “marica”. No esperen sobriedad en el acercamiento al tema. Hay orgullo en la expresión, y uno bien ganado. Sé que la idea de tener a un ex Agente 007 en ella puede inducir a algún error, pero sería como quejarse de que una película llamada Women Talking se centre, principalmente, en mujeres hablando.

En segundo lugar, es una obra de Luca Guadagnino. A estas alturas, y como muy pocos directores en la actualidad, alguien que garantiza lo suficiente para esperar de él una estética y una intención temática centrada en los límites con los que definimos las relaciones humanas. Esta es una narración bellísima, de eso no les quepa duda. Si los últimos prolíficos quince años de su filmografía no dejan claro qué esperar, entonces estamos errando en verlo.

Y por último, William S. Burroughs mató a su esposa Joan, de un disparo en la cabeza y poco después huiría de México, escapando del juicio por aquel crimen y quedando impune.

Estos no son datos aleatorios. Todos son parte del núcleo de Queer (2024), un corazón un tanto difícil de auscultar, porque Guadagnino decide expandir una historia en apariencia precisa, hasta niveles que para muchos rozaran en la inconsistencia. Pero nadie podría culparle por decidir estampar su firma en ella.

La novela de Burroughs abarca de forma a veces punzante, y otras veces de forma soterrada, una serie de temáticas, pero la principal es el deseo homosexual. En la película del palermitano en cambio, la principal es el amor no correspondido, y la persona que se aferra a él.

No es que el deseo físico entre dos hombres no esté presente. De hecho, es uno de los atrevimientos que tiene, la mayoría de ellos, menos evidentes de lo esperado. Y es que un relato sobre la homosexualidad masculina no es escandaloso ya en sí mismo, pero acercarse de manera explícita a ello, es llevar la contraria a una corriente de puritanismo un tanto desatado en nuestros días.

Empieza a parecer increíble que la descripción de un contacto tan humano como el sexual, haya sido relegado casi en su totalidad, y se describan las escenas íntimas como “innecesarias”. Pero hay directores que están muy dispuestos a dejar que sus personajes vivan en pantalla. Y Guadagnino es uno de ellos.

Este es el otro paso firme que da el siciliano. Darle vida a su personaje y convertirlo en persona. Porque ‘Queer’ es una novela semiautobiográfica por parte de Burroughs, y el cineasta, en conjunto con su guionista Justin Kuritzkes, se atreven a hacer de su protagonista William Lee, un William S. Burroughs en toda su dimensión.

Su calidad de autoexiliado en un México que en el fondo le desprecia, pero que habla el idioma del color verde de los dólares, y le permite ser él mismo, un homosexual cincuentón que deambula por bares y clubes nocturnos en busca de algún joven con quien entregarse al placer, pero sobre todo en busca de un amor absolutamente esquivo.

Un drogadicto errático, quizás movido por esas mismas fuerzas, la falta de un amor, la búsqueda del placer, cuyo aplomo está en perfecto equilibrio con su patetismo, dependiendo de qué tan cercano esté de su objetivo.

Ahora, nada de este protagonismo sería posible sin la magnífica actuación de Daniel Craig. Si bien esta no es ni la primera, ni la segunda vez que interpreta a un homosexual (uno de sus grandes roles fue el del amante del pintor británico en la estupenda Love Is the Devil: Study for a Portrait of Francis Bacon, de 1998), Craig le genera aristas a su personaje que van más allá del deseo por otro hombre y la necesidad de ser aceptado en la sociedad. Esta es la historia de un amor perdido y que vuelve a aparecer, y el último James Bond deambula por cada uno de los aspectos de ese abandono con una solidez que hacen del personaje de William Lee, uno de los mejores de su carrera.

Su forma de desear, de despreciar, de ansiar el consumo de drogas duras, de querer pasear por ese espacio cercano a la muerte al que siente que tiene derecho, pero sobre todo, de amar desde una distancia infranqueable, la cual sólo una imaginación que se desvanece puede acercar. Una auténtica fragilidad en masculino.

Pero el ángulo biográfico que mejor elabora Guadagnino es el de Joan, la esposa cuyos sesos fueron atravesados por una bala en un desafío de puntería. La colección de armas, la pistola al cinto, el fantasma encarnado que se presenta como un obstáculo para la conquista Eugene (un excelente Drew Starkey) y que se funde hacia el final entre ayahuasca y mezcal para que su historia se pierda y quien se ponga aquel vaso en la cabeza sea ese amor que ya no existe, cuyo cuerpo tibio ya está fuera de alcance.

Seguir leyendo en The Clinic