“Hamnet”: Amor, dolor, muerte, y la belleza inevitable

La directora Chloé Zhao saltó a la fama cinematográfica cuando ganó el Oscar por su tercer largometraje, “Nomadland”, para luego tropezar de inmediato en el Universo Cinematográfico de Marvel con “Eternals”.

Algo bastante previsible para quien hubiera visto sus anteriores películas: “Songs My Brothers Taught Me” y, su obra maestra, “The Rider”. Las formas fílmicas de Zhao eran íntimas y naturalistas, y enfrentarse al gran presupuesto y a los requerimientos de inercia de una franquicia de superhéroes era un desastre esperando estrenarse. Y eso fue justamente lo que ocurrió, hace ya cuatro lejanos años en los tiempos de la pandemia.

El 2025, Zhao enfrentó un desafío muy diferente al adaptar a la pantalla grande una de las novelas más aclamadas del siglo XXI“Hamnet” de Maggie O’Farrell. Pero la oriunda de Beijing entra al set siendo otra cineasta. El reconocimiento de sus pares no está sólo en galardones, si no en forma de producción: Steven Spielberg y Sam Mendes en los créditos. Amblin Entertainment como respaldo. Zhao escribe el guión con la misma novelista, y la historia de la pérdida y el duelo de Agnes ‘Anne’ Hathaway (Jessie Buckley) y su esposo William Shakespeare (Paul Mescal) ante la muerte de su hijo a los 11 años de edad, pasa de la prosa y la lírica de O’Farrell a la meticulosa estética de Zhao.

El amor y el dolor, la ira y el desconsuelo, son estampados en la pantalla con un cuidado ornamental inédito en la directora. No es que sus retratos íntimos carecieran de ese interés, pero su estructura cuasi documental, dejaba poco espacio a este nivel de esmero por el detalle.  En “Hamnet”, el trabajo fotográfico del polaco Łukasz Żal (“Ida”, “Cold War” y “Zone of Interest”) es de texturas al borde de lo indeleble, y en donde el uso del color cuenta también una historia, el diseño de producción, vestuario, música (incluso con su propia polémica), diseño sonoro, y una hermoso etc, todo pensado para llevarnos tanto a los parajes en donde la historia se desarrolla, como a compartir la congoja de sus protagonistas.

Zhao no echa mano directamente a la poesía de O’Farrell, más bien la reemplaza por una lírica propia. Una hecha a medida en colores, sonidos, y sobre todo, magníficas interpretaciones. Lo de Jessie Buckley es tan enigmático como cargado de furia, Paul Mescal se ve en la necesidad de ser un espejo, tal y como la relación de su personaje lo requiere. Pero sigue siendo el Bardo, y su obra cumbre se llama “Hamlet”.

Y acá está justamente la cuerda floja en que la cineasta debe equilibrar: la artificialidad de las películas biográficas sobre artistas y el origen de sus obras maestras; la emocionalidad del tema, en donde la muerte de un hijo es de una tragedia ineludible; y el tratar de tener una mirada propia sobre el material de origen, ampliamente celebrado por el enfoque feminista sobre Agnes y el duelo como un ente desgarrador.

Lo artificial en un relato de ficción basado en personajes reales, es siempre un arma de doble filo. El riesgo de manipular emocionalmente, más todavía considerando la temática de Hamnet, está en todo momento. Para algunos, Zhao cruza la línea. El debate sobre la elección del tema musical para el desenlace es un flanco inevitablemente abierto al respecto.

“Hamnet” pareciera tener una sola motivación, y nada de subtexto. Sin embargo, Zhao busca poner en pantalla algo que no tiene que ver con Shakespeare como autor propiamente tal, ni con el tormento que tanto él como Agnes encarnan. Y eso en sí mismo, ese acto deliberado, debiera al menos replantear (aunque no necesariamente descartar) aquel punto de vista sobre la manipulación. Porque mientras más uno revisa lo que está en la película, más absorbe aquello que se queda, más nota que lo que Zhao hizo primar, no fue sólo hacer referencias al escritor más reverenciado de habla inglesa.

Zhao centra su relato en la pérdida, de eso no cabe duda. Pero no así su punto de vista temático. Y esto resulta desorientador para aquellos más versados en las narrativas. Puede llegar a sentirse manipuladora porque el relato que construye aparenta no tener otro tema que el duelo. Ocupa casi la mitad de la película en llegar a la tragedia, casi como intentando construir el momento de asestar el golpe. No obstante, esa tragedia, no es de lo único que quiere impregnar su obra. Ni el dolor, ni la muerte, ni el amor, son el corazón de “Hamnet”. No solamente. Es lo que Hamnet terminó significando para la humanidad. Y esto es en extremo evidente en el punto más potente de conflicto en la película: su conclusión. Es allí donde el dolor vívido de Agnes se enfrenta al dolor en verso shakesperiano. Su indignación al ver a un joven actor que rememora a su hijo perdido es cruda y vehemente, como lo ha sido todo su personaje. Y sirve como reflejo del proceso y los textos de William, cuyo nombre completo fue pronunciado recién hace breves minutos. Agnes tiene en su cuerpo la ira y angustia que evocan que la vida no es más que un cuento narrado por un loco, que no es más que ruido y furia, y no significa nada. Eso está ahí, en su rabia. Y la cámara necesita poco más que mostrarla.

Y sin embargo, Zhao apuesta que cada aspecto visual y sonoro de esa última secuencia, cimentados en todo el metraje previo, se presenten como base de su mirada sobre Hamnet: lo que el arte significa para todos nosotros.

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