Maite Alberdi debuta en largometrajes de ficción con ‘El Lugar de la Otra’. En Netflix este fin de semana, posterior a un breve paso por salas de cine, o mejor dicho “sala”, en singular. En conjunto a las guionistas Inés Bortagaray y Paloma Salas, recogen parte de la investigación de Alia Trabucco Zerán que fue publicada como ‘Las Homicidas’. Pero mientras en el libro, bajo la categoría de no-ficción, la abogada y ensayista se enfoca en el entorno y el impacto sociocultural, e incluso político, de sus victimarias, Alberdi recurre a una perspectiva mucho más enfocada. Y para conseguirlo, parten de un personaje ficticio que dará seguimiento a la historia judicial, y con ello, postular qué tanto tenían en común esas mujeres en el Chile de hace 70 años, tanto entre ellas, como con el Chile de hoy.
En 1955, la escritora María Carolina Geel (Francisca Lewin) le dispara 5 tiros a quemarropa a su amante en medio del salón del lujoso Hotel Crillón, causándole la muerte. Mercedes (Elisa Zulueta) es la secretaria del juez a cargo del caso (Marcial Tagle) y quien debe encargarse de cualquier aspecto que requiera la sensibilidad de una fémina en la investigación. Providencialmente gracias a ello, llega al departamento de la encarcelada escritora y de a poco comienza a ocupar ese espacio como una necesaria huida del hogar propio, que comparte con su esposo (Pablo Macaya) y sus dos hijos.
Es justo esa búsqueda de un espacio personal, el aludido “cuarto propio” de Virginia Woolf, la clave de esta película. La autoexploración, el autoconocimiento. Todo el viaje de Mercedes consiste en ir cambiando su forma de ver su mundo, gracias a observar y participar de cómo vivía el suyo María Carolina. El lugar, la ropa, el perfume, la inquietud creativa, el tiempo a solas. La libertad.
“Todas estamos en búsqueda de espacios de libertad. Acá hay una historia de una mujermirando a otra que ya tiene conquistada su libertad, incluso desde la cárcel, porque esa libertad es el espacio personal. La libertad es relativa, la vamos construyendo nosotros y eso se arma a través de dos mujeres que se miran.” – Maite Alberdi
Esta declaración llega incluso a ser un tanto innecesaria, principalmente por lo transparente que es la película con su tema y aproximación al mencionado incidente. Y bueno, también porque se puede sacar a la directora de los documentales, pero no se puede sacar a la documentalista de la narración. Alberdi sigue teniendo debilidad por la historia íntima, una vocación de crónica al nunca pretender enjuiciar a sus personajes y un pulso en el relato que acompaña, quizás en un excesivo formalismo, al desarrollo de los eventos. Pero las diferencias entre narrar con registros y crear registros para narrar con ellos, son muchas. Algunas de ellas le juegan a favor a la cineasta. La atención a los detalles, por ejemplo.
El apodo de los hijos, como se devela que su personaje tiene una mirada propia sobre un oficio, el cómo nos enteramos de la maternidad de la escritora, y el que es por lejos el momento de mejor ritmo de la película: la secuencia de entrevistas a los testigos del crimen.
Otras, sin embargo, le juegan en contra. Porque en el documental, el estudio de los registros para construir un relato es pieza fundamental de descubrir el corazón del mismo. En tanto en la ficción, el camino es más sinuoso. Y que una obra se sienta “estudiada”, muchas veces le resta. Por poner un sólo ejemplo: los paralelos con las enceradoras se vuelven demasiado evidentes. Y, quizás lo que encapsula la obra: se queda corta en exprimir a su protagonista de un rango bastante indispensable al momento de validar el punto de vista en el que la instala. El descubrimiento y crecimiento nunca cala realmente en la interpretación de Zulueta, y es la misma Alberdi quien debe rodearla de ese desarrollo.
Y lo hace pecando de una redundancia: la saca de su entorno. Y la sitúa no sólo en aquel departamento que empieza a ocupar como refugio. La lleva a libros y a tinas quietas. A bailes y tentaciones. Y finalmente a ese lugar en que la sociedad arrojaba a las mujeres que cometían crímenes, porque cualquier otro proceso sería dotarlas de un visibilidad inmerecida. No una cárcel propiamente tal. Un hogar. Un asilo. Un acto de piedad cargado de desprecio y prejuicios.
Y allí conoce a uno de los personajes que más evidencia el traspié en este viaje: Rosa “lo degollé como a un perro” Janequeo (Rosario Bahamondes). A muchos este puede parecerles un personaje anecdótico, pero quiero creer que a Alberdi no. No por nada más tarde, en una secuencia onírica, vuelve hacerla notar como aquella incapaz de seguir un ritmo. Rosa está encarcelada por las mismas razones que María Carolina, pero bajo ningún punto está las mismas condiciones que la escritora, quien goza de una habitación propia para escribir sus novelas. No tiene un abogado para su caso, e incluso la misma protagonista le desestima una fotografía con un chasquido del paladar. Para la escritora, en cambio, hay tiempo hasta para encuadrar una pose. Y de pronto, es necesario volver a la total extensión de la frase que martilla el ensayo de Virginia Woolf:
“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas”.

